Sabado previo al balotage..



Este capitulo habla sobre el hospital de Cuchilla Seca en Brasil.

Hasta alli se llevaban los heridos nacionalistas.-

Espero les guste

martes, 20 de octubre de 2009

CAPITULO VI – “FORTUNATO JARA”

Después del encuentro entre los dos lideres de la revolución el grueso de la misma continuo su marcha, en tanto eso, la división del Coronel Núñez por orden de Duvimioso Terra y por interés propio del mismo coronel al que le costaba reconocer el liderazgo de Saravia y Lamas marcho con rumbo a Melo y después a su destino final en pueblo Artigas, casi sobre la laguna Merin.-

Es así que el cuerpo revolucionario no pasaba los tres mil hombres cuando apenas despuntaba el mes de abril.-

El coronel Lamas, militar de carrera hacia lo que podía para formar militarmente aquella masa compacta llena de valor y energía pero carente de disciplina militar y muchas veces con total desconocimiento del manejo de los modernos fusiles de repetición que se empezaban a usar en el campo de batalla.-

Las prácticas de tiro, sin disparar un tiro, aunque carezcan de sentido eran constantes en los breves descansos del ejército. Los oficiales debían de lidiar primero con la instrucción pero por otro lado con lo escasez de fusiles y proyectiles.-

“Lo importante al menos, -según decía Lamas- es familiarizar al soldado con el arma que puede recuperar en el campo de batalla del enemigo o del propio compañero caído”

Estaban en una de esas prácticas los tiradores de “La poronguera”, cuando se arrimo al fogón donde conversaba el comando de la división el Coronel Fortunato Jara.-

Este era un paisano bien plantado, de edad indefinida aunque debería andar por los ochenta años, alta la cabeza, melena blanca, la golilla oculta en su cuello de toro por una larga barba blanca enmarañada, de su cara apenas se veía la filosa nariz aguileña y unos enormes ojos negros. Casi en la nuca un sombrero de ala ancha con una cinta otrora blanca ahora casi amarilla en el que se leía “Oribe, leyes o muerte”

En mangas de camisa, erguido el tronco de anchas espaldas y pecho recio, poncho blanco arremangado sobre el hombro, los poderosos brazos tostados por los largos soles e interminables fríos parecían dos gruesas ramas escapando de un tronco de quebracho.-

Estribaba firme y largo como acostumbra el hombre formado en largas jornadas a caballo, el cuerpo ligeramente echado hacia atrás, casi al final del apero con que montaba un poderoso pangare, al que llevaba de rienda corta y pescuezo doblado. No llevaba mas armas de fuego que un viejo revolver sin canana ni cartuchera, apretado por el cinto.-

Cruzado en la espalda un enorme facón, casi del tamaño de un caronero, de hoja ancha, hecho según decían del sable con el que cayo su padre en campos de India Muerta al lado del mismo general Artigas.-

Cuando se arrimó al fogón, se incorporaron rápidamente todos los presentes y hasta el mismísimo Coronel González ensayo un solemne “Mi Coronel”

- Buenas tardes compañeros
- Buenas Coronel, gusta un mate
- Estaría bueno, ¿como va con sus tiradores Coronel González?
- Van aprendiendo, aunque usted sabe que yo prefiero siempre una carga a lanza como en la patria vieja Coronel Fortunanto. - al coronel se le conocía mas por su nombre que por su apellido
- Si tendremos cargas para contar, se acuerda en “Carpintería” con el General Oribe, ¡¡ hicimos temblar a los zumacos!!
- ¡¡ y en Caraguatá!! Cuando desbandamos a los gringos aquellos de penachos y les birlamos los cuatro cañones
- No me voy a acordar, quebré un tostado precioso regalo del mismo Dionisio Coronel, lindo pingo, lo había domado el indio Zenaque. Me acuerdo que el tostado se enredo en las ruedas del cañón y rodé entre la gringada con la lanza en la mano, ¡¡Casi me ensarto yo!!! Dijo el viejo coronel Fortunato riendo con toda su enrome humanidad
- Éramos unos mocitos Coronel, yo ni barba tenía
- Y mire ahora, somos unos viejos barbudos y barrigones – continuo riéndose el Coronel
- Pero duros como aspa de buey barcino
- Si señor, así es. Dígame Coronel, me dijo el Coronel Lamas que entre su gente hay alguno baquiano y de a caballo para hacer una bombeada por ahí
- Si señor, hay gente buenaza y bien de a caballo
- Voy a precisar unos diez, y que además sean buenos con el cuchillo. No puedo llevar de mi gente porque son todos conocidos en el pago y para este asunto son buenos los forasteros.-
- Tengo esa gente sin problemas, ¿quien los va a comandar?
- Yo mismo

El Coronel González se incorporo con dificultad y como quien en medio de un rodeo aparta el ganado, así miro en derredor suyo, en los fogones donde descansaba su división y en los piquetes de veinte hombres haciendo instrucción con los fusiles.- Tomada su decisión, se encamino hacia el grupo donde estaba la gente de VillasBoas, ahí estaba Lolo.- “Capitán, venga conmigo que tiene una misión con el Coronel Jara” dijo dirigiéndose al capitán Bethancourt.-

Una vez que hubiesen parlamentado casi por diez minutos, el capitán Betancourt volvió al fogón y dijo – “Vamos a ensillar que salimos en media hora, lleven únicamente lo imprescindible, no lleven fusiles ni lanzas, dejan todo con el Teniente Galain. Pascual y Nepomuceno – dijo dirigiéndose a un par de soldados bastante entrados en quilos – ustedes se quedan por aquí, los demás me ven en el fogón del coronel en quince minutos”

Sin dar tiempo a replica y con el gesto adusto Behtancourt se retiro a paso firme hacia el fogón del coronel González donde estaba éste junto al Coronel Gutiérrez y al mítico Coronel Fortunanto conversaban mate de por medio.-

Una vez montada la partida se presentaron para la revista frente al comando, el viejo Coronel Fortunato inspecciono uno por uno los caballos, aperos y vestimenta de la tropa, controlo los pertrechos y hasta la ropa de cada uno. Le hizo quitar la casaca militar “carcheada” Tres Arboles a uno y el sable a otro, cuando llego frente a Lolo le observo el trabuco de doble caño semi oculto en el recado.-

- Muéstreme el trabuco soldado
- Si señor
- ¿que munición tiene para cargarlo?
- Clavos picado señor
- ¿yesca?
- Si señor
- ¿lo lleva cargado?
- Si señor
- ¿Dónde lo consiguió?
- De mi abuelo señor, ya me salvo el cuero una vez
- ¿Cómo se llama usted soldado?
- Deolindo Recuero y soy de cuchilla de Villas Boas
- Esta bueno. Pero déjelo no sea cosa que se vuele una pata. Este es medio guri Capitan.-
- Respondo por el mi coronel – dijo el capitan
- Ta bueno entonces, siempre es bueno un mocito pa una galopeada de apuro.
Escuchen mozos, se comenta que por aquí anda Justino Muniz con una fuerza importante, tenemos que encontrarla y darle todos los detalles al General Saravia. Vamos a pasar por lugares donde somos considerados enemigos, y si nos agarran seguro somos finados antes que nos demos cuenta. Vamos a andar de noche y tratar de pasar desapercibidos de día.-
- Vamos a tener contacto con el cuerpo principal – pregunto el Capitán Bethencourt
- No capitán, solo si nos pechamos con Muniz, sino estamos solos. ¿Alguna pregunta señores?
- No mi coronel
- A caballo entonces.

La partida salio con el gallardo anciano al frente, haciendo caracolear el pangaré, la blanca cabellera se mecía sobre los anchos hombros.

En tanto se movía la columna revolucionaria al noreste con rumbo al arroyo Zapallar, la partida bordeó el arroyo Tupambae y marchó en línea recta hacia Melo, siempre marchando de noche y por lugares donde no fueran vistos por el enemigo.-

Después de casi dos días a caballo, cerca de los montes del río Cebollati, mientras descansaban en lo profundo de un pajonal, escucharon ruidos de caballos; acechando lo mismo que un animal cuando olfatea la presa, el Coronel Fortunato mando un par de hombres al borde del pajonal para traer información, con ellos fue Lolo para oficiar de chasque.-

Así procedieron, arrastrándose entre las pajas, lastimándole éstas sus extremidades y sus caras se acercaron hasta casi treinta metros de la columna que avanzaba con destino al Cebollati, eran fuerzas del gobierno mezcladas con paisanos de vestimenta informal, no podían caber dudas, ahí estaba la vanguardia del General Muniz.


- Vamos a mandar un chasque al general Saravia- dijo el Coronel ni bien se enteró de la noticia- hay que avisarle que el traidor anda por aquí, y por lo que me dice usted mocito no muy bien armado pero con buena caballada.-
- A quien quiere que mande mi coronel –dijo el capitán Bethencourt .-
- Vamos a mandar a un baqueano de la zona, buen amigo y afín a la causa. Siguiendo derecho a aquel montecito de talas, más o menos tres leguas va a encontrar unos ranchitos casi justo en un pajizal, pregunte por el negro Mario y dígale que quieren comprar un cuero de puma, pague con esta moneda de oro, le va a preguntar por mí, dígale que ando a caballo. Si hay peligro el negro le va a dar el cuero y nada más, si todo esta bien le va a convidar con un trago de caña. Recién ahí le dice que vaya con el general y que le diga que tenemos a Muniz en el Cebollati y que vamos a intentar detenerlo un poco.
- Si señor, Lolo monta a caballo que vas vos
- No Capitán, déjeme al mocito que lo vamos a necesitar para distraerle la caballada a Muniz – dijo Fortunato Jara mirando a Lolo
- Como ordene Coronel.
- Esta noche vamos a acercarnos al campamento, lo va a acompañar Torcuato, - dijo señalando a un indio de rostro anguloso y pequeña estatura- miren todo lo que tiene, cuantos caballos, como ordenan el parque, donde duerme Muniz. Confío en usted guri.-

Una vez llegada la noche, Lolo y Torcuato se desnudaron totalmente y embadurnaron su cuerpo con grasa de yegua y carbón, de esa manera podían nadar hasta la otra margen del Cebollati sin hacer ruido ni morir de frío. Se sumergieron en el agua helada. Cuando Lolo quiso dar una brazada el indio lo sujeto de la mano y le dijo casi en silencio – “a lo perro mijo” y nado solo con la cabeza fuera del agua impulsándose con los brazos por debajo como nada el perro.-

Una vez llegado a la otra orilla salieron del agua y treparon por la barranca sin hacer ruido, el campamento estaba en silencio, apenas los tizones de los fogones encendidos y algún fueguito en la periferia que delataba los centinelas.-

Debían ser unos quinientos hombres, la mayoría dormían en carpas de lona aunque algunos, los menos, se guarecían solo tapados con sus ponchos. La carpa de Muniz debía ser una grande, de color blanco en la que se habían apostado dos centinelas que fumaban en silencio.-

Casi unos seiscientos metros más allá, recostada contra el río por un lado y rodeada por un piquete hecho de lazos y varas clavadas al suelo estaba la caballada, cerca de seiscientos animales más algún ganado que serviría sin duda para el consumo.-

Custodiaban estos animales un destacamento de unos cuarenta hombres diseminados a lo largo del inmenso y precario corral. Los dos hombres se acercaron hasta casi la caballada misma, los animales los olfatearon recelosos pero pronto se acostumbraron a los dos extraños seres que caminaban entre ellos.-

Siempre entre las sombras se acercaron hasta casi tocar con la mano el parque del general Muniz, aquel consistía en tres carretas con toldo de cuero protegidas por diez hombres, la ausencia de un fogón en torno a estas declaraba la presencia de pólvora y proyectiles de fácil explosión.-

De la misma manera que llegaron, Lolo y Torcuato se metieron en el río y nadaron hasta la otra orilla donde dieron cuenta de la situación. Fortunanto escucho con atención y tomo la decisión de atacar esa noche. Esta vez junto a los dos comandos iníciales se unieron dos revolucionarios mas y el mismo Capitan Bethencourt.-

Llegaron nuevamente a la rivera del río que hacia las veces de corral, Torcuato cuchillo en mano fue el encargado de eliminar el primer centinela, el otro que dormía contra el fogón paso de un sueño a otro sin darse cuenta que estaba pasando.- Ya dentro del corral uno de ellos desenvolvió de un cuero un buen trozo de cebo de yegua y un montón de paja seca, entre las patas de los caballos los demás se acercaron a uno de los costados y cortaron los sobeos que hacían de corral, después un griterío y el incendio de la paja que asusto la caballada y provoco la estampida.-

El desconcierto fue total, los revolucionarios totalmente desnudos con el cuerpo tiznado y embadurnado parecían figuras fantasmales azuzando la caballada, en tanto eso pasaba, Torcuato tomo sus tres marías, las embadurno de grasa y las incendio. Luego de eso con un certero tiro de bolas incendio una de las carretas del parque. La explosión solo demoro un par de minutos.-

La caballada cruzo todo el campamento destrozando fogones, aterrizando carpas y destrozando huesos. Para cuando Muniz pudo darse cuenta de donde venia el ataque, ya los hombres comenzaban a nadar con todas las fuerzas de sus brazos, corriente abajo hacia la otra rivera del cebollati.

Con una antorcha encendida en la mano derecha el viejo Fortunto apareció en un claro de la orilla contraria distante unos cien metros rio arriba del cruce de los comandos ¡¡ Aquí estoy Justino traidor, hijo de una gran puta, soy Fortunato. Que viva la revolución y el General Aparicio!!

Algunas balas buscaron su carne mientras el viejo continuaba: “Alcahuete los copetudos, veni con el facon, veni y pelea como un hombre. ¡¡ Viva Chiquito Saravia juna gran puta” en tanto las balas buscaban al viejo que saltaba de un lado a otro revoleando la antorcha encendida los comandos ganaban la orilla protegidos por la oscuridad de la noche.-

Horas después, en medio del pajonal y sin poder encender una fogata delatora, ateridos de frío pero inmensamente felices por la acción los comandos buscaban entrar en calor pasándose una botella de caña blanca, el coronel Fortunato le tendió la botella a Lolo – “Tome guri, hoy se lo gano con creces”.-

Lolo empino la botella y un fuego le corrió por dentro haciéndole toser hasta lagrimear – “Entonces mi coronel, si me gane algo, con sumo respeto, en vez de decirme guri dígame soldado- Lolo hizo una pausa y luego mirando a los ojos al viejo comandante continuó - si usted cree que me lo merezco”.-

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Durazno, Durazno, Uruguay
" El viejo Lolo" Gonzalo Recuero