Sabado previo al balotage..



Este capitulo habla sobre el hospital de Cuchilla Seca en Brasil.

Hasta alli se llevaban los heridos nacionalistas.-

Espero les guste

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Capitulo III.- "TRES ARBOLES"

CAPITULO III – “TRES ÁRBOLES”

Decidió vadear el río en la mañana, luego de desensillar, ato del cabresto al ruano y se dispuso a pasar la noche a la orilla del río, sobre el pequeño arenal. Seria una larga noche, no se atrevió a prender el fuego por temor a ser descubierto por el enemigo o confundido por los suyos, una vez le habían contado como hacer fuego en un pozo, pero de la teoría del cuento a la práctica feroz de las últimas horas había muchas leguas de distancia.-

El nocturno sonido del monte estremecía al más templado. De a ratos se escuchaba algún bramido de un animal en celo o el ruido de los carpinchos metiéndose en el agua, ejércitos de luces fosforescentes centelleaban en la tupida vegetación casi selvática de la costa del Río Negro. A pesar del cansancio no pudo dormirse, un poco el frío, otro poco el miedo lo mantuvieron despierto.

El amanecer lo encontró con los ojos como plato escudriñando aquí y allá, alerta como un animal acorralado, por mas que sabia que estaba a salvo en aquella picada, cualquier movimiento en falso podía alertar al enemigo que sin dudas habría acampado a orillas del monte para buscarlo.-

Cuando clareo, después de quitarse las botas y semi-desnudarse, hizo una especie de atado con el poncho y lo puso bajo el brazo. Monto y con un golpe de talones en los flancos del animal se lanzo al agua. El ruano dudo un poco pero hábilmente comenzó a ganar el medio del río. La picada era muy poco conocida y no de fácil paso, en esa parte, muy cerca de la desembocadura del Río Yi, el Río Negro era más bien ancho, aunque poco profundo. Avanzó fácilmente unos metros, cuando vio que comenzó perder pie Lolo guió el caballo unos metros corriente abajo en forma paralela a la costa palmeándole el tuze para animarlo o el cogote para guiarlo, al rato el ruano ya afirmaba sus patas en el lecho del río ganando poco después una playita barrosa en la otra orilla.-

Una vez llegado a la otra rivera acomodó el apero, se vistió y luego de montar puso el ruano al trote en forma paralela al río buscando la salida, no necesitó encontrarla, de la espesura aparecieron un par de hombres. Uno de ellos tendría unos 50 años, petiso, ancho, de profusa barba que hacia casi indefinida su boca. El otro más alto, barbudo también, parecía mas joven. Este llevaba un revolver de volcar con el que apuntaba. Los dos llevaban una cinta blanca en el sombrero-

- Desmontá despacito guri, ando de gatillo celoso - dijo el del revolver
- Si señor – dijo Lolo desmontando sin dejar de mirar a los hombres –“soy de la gente del comandante Cayetano Gutierrez, vengo siendo perseguido por una partida del gobierno”
- Quien lo dice mocito?
- Me llaman Lolo Recuero, soy de Cuchilla de Villas Boas, estaba con la partida del sargento Rufino Correa, tengo que hablar con el comandante, el me conoce. También están mis hermanos por ahi”
- Entonces va a venir con nosotros mocito, si es quien dice ser no pasa nada, si no….. ¿Qué paso con los demás?
- Nos sorprendieron señor y mataron a todos creo , solo quede yo.-

Los dos hombres llevaron a Lolo ante el comandante Gutierrez quien escucho el relato de la acción pasada. El Comandante era un hombre que al decir de su gente oía con reposo y miraba fuerte. Hablaba poco, bastaba solo una mirada para avergonzar a un cobarde como para honrar el coraje.

- Y dice que se anima a cruzar y traer esos caballos?
- Si señor
- Usted que opina Valentín – preguntó a su segundo, Valentín Galain, primo hermano de Lolo
- Seguramente se las trae, a este mozo lo conozco desde cachorro, es de palabra -
- Cuanta gente necesitara para pasar esos caballos?
- Con mis hermanos y mis primos ya somos un malon mi comandante- se apresuro a decir Lolo ante la carcajada estrepitosa de todos
- Que así sea ¡Sargento Galain! – dijo dirigiéndose a Ramón Galain , hermano de Valentín - Usted va cargo de la partida, junte 10 hombres. No necesito explicar lo que vamos a necesitar esa caballada.-
- No señor – respondió Galain.


Los hombres salieron de la carpa palmeándole el hombro al adolescente devenido en hombre por el peso de los hechos, Lolo se sintió henchido de orgullo, en los fogones se comentaba el hecho del día, y el era el protagonista.-

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¿De donde salía la fuerza arrolladora de estos jóvenes que incendiaban la campaña? ¿Que motivaba a estos hombres a dejar el esfuerzo de tres generaciones, sus propiedades, sus mujeres y sus vidas? ¿Cual era el cerno de esa madera que todo incendiaba y dejaba brazas encendidas por doquier?

El trece de octubre de 1894, fallecía a los 50 años don Juan Antonio Recuero el padre de Lolo. La partida de defunción establecía un fallecimiento por “bronco neumonía crónica”, avalada por el doctor Gregorio Reguera y González.-

Cuatro años antes de su muerte, junto a un grupo de hacendados liderados por el viejo caudillo nacionalista José F González, Juan Antonio se había manifestado a viva voz frente a la jefatura política en la Santísima Trinidad de los Porongos por un fraude de opereta en el que había triunfado la lista del partido colorado en “una lucha de uno contra cuatro y llena de dificultades” según rezaba el comunicado oficial.-

De ahí en mas, la persecución y las faltas de garantías que reinaban en todo el país gobernado por la elite colectivista de Julio Herrera y Obes que se perpetuaba en el fraude y el sable se sintieron en la estancia de Juan Antonio el padre de Lolo, así como en las de otras familias de filiación nacionalista.-

Muerto Juan Antonio, sus hijos, aconsejados entre otros por sus primos y amigos, y las fuertes amistades de su padre, entre las que se encontraban don José F González y Francisco Solano Álvarez entre otros, rumiaron su rabia, mostraron su luto y mordieron fuerte el freno esperando la ocasión propicia para defender sus principios.-

En los pagos de la 6ta sección de Flores, y especialmente en la zona de “La Cordobesa” el descontento de la gente se acrecentaba, el líder natural de esa zona era Cayetano Gutierrez; éste y su segundo, Valentín Galain habían conformando una pequeña fuerza de guardia civiles y gente de la zona esperando el levantamiento que se palpitaba en cada casa, ahí estaba cada tanto Lolo acompañando a sus hermanos mayores cuando ellos lo dejaban ir. Se volvía a levantar la vieja bandera de su padre, que a su vez la levanto del suyo y por tanto de su abuelo quien la honró con el General Oribe y los viejos defensores de las leyes.-

La ocasión de servir habría de llegar el 2 de marzo sobre el paso del Calatayud a escasas leguas del solar paterno de Lolo donde los revolucionarios interceptaron la comunicación entre Durazno y Flores, al otro día, al amanecer, desde los suburbios de la Santísima Trinidad de los Porongos la columna revolucionaria marchó en busca del Coronel Lamas quien debería desembarcar en el puerto de Rosario.

De ahí en más, la llamarada de la revuelta blanca se extendió por toda la campaña movilizando familias enteras, ¿quien miraba el costo?, era la Patria quien llamaba!!

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Tres días después de la comparecencia de Lolo frente al comandante Gutierrez, ya con la caballada en poder de los revolucionarios el ejército del General Lamas comenzó a avanzar hacia el noreste con intención de plegarse al ejército que desde la frontera con Brasil comandaba el General Saravia.-

Lolo cabalgaba en la retaguardia del ejército, había cambiado de caballo dejando el ruano por un caballo alazán de gran alzada y cuartos poderosos. Según su primo Valentin “ un premio merecido por gaucho y soldado destacado”.-

La madrugada del 15 de marzo lo encontró junto a su primo y tres de sus compañeros bajo el mando del capitán Coralio Bethencourt vadeando el arroyo Tres Árboles con intenciones de estudiar e informar al comando revolucionario los movimientos del ejercito del gobierno. El General Lamas entendía que el General de Brigada José Villar, jefe del ejército gubernista intentaría cortar el paso e impedir el encuentro con el general Saravia. El asunto era donde, para saberlo dispuso de varias partidas de observación. Esta era una de ellas.-

Luego de todo un día de recorrida volvieron las partidas, a las cinco de la tarde, el General Lamas ya tenía sobre la mesa de trabajo una descripción detallada del enemigo así como el esbozo de un plan de batalla. El gobierno había hecho llegar por ferrocarril un cuerpo del ejército compuesto por dos batallones de Cazadores y uno de Caballería totalizando más de 1300 hombres y estos se movían hacia el Paso Hondo del arroyo Tres Árboles.

El 17 de marzo amaneció nublado, el espeso silencio del monte, totalmente ausente de sonidos presagiaba la batalla. Así como el general Lamas había dispuesto sus partidas para espiar el enemigo, el general Villar también había hecho lo mismo; confiado en su superioridad numérica y de armamento atacó con fiereza el paso hondo al amanecer.-

El silencio fue quebrado por la tupida descarga de la infantería gubernista. El cazador resulto cazado, desde la orilla norte del arroyo Tres Árboles la Urbana de Flores respondió con fuego graneado, el combate se torno feroz; Sable en mano y revolver en la otra cae el valiente comandante de la Urbana; Valentín Galain toma su puesto y arenga a seguir disparando.-

El comandante del batallón atacante ordenó calar bayonetas y desalojar a los revolucionarios de las márgenes del paso, las cristalinas aguas del arroyo bebieron sangre oriental.-

La defensa de la Urbana amenaza con quebrarse, la superioridad del armamento del gobierno se hace evidente. El General Lamas ordena reforzar la defensa, el batallón “Leandro Gómez” es enviado para quebrar el avance del gobierno, el choque es feroz. El combate se torna cuerpo a cuerpo, bestial, casi animal. Las bayonetas chocan contra los sables y las lanzas. Las viejas tres marías se estrellan contra los fusiles y a su paso destruyen dedos, huesos, caras.

La violenta carga hace retroceder las líneas del gobierno, los revolucionarios logran contener el primer ataque. Los batallones de cazadores se reorganizan, el avance continúa, sin tregua, sin pausa. El coraje copa la banca y se impone, el olor a pólvora dilata las narices e irrita los ojos, se mezcla con el dulzon sabor de la sangre y esconde el agrio olor a miedo.

El tiroteo continúa entres las fuerzas tendidas a cada margen del arroyo. En tan poca distancia que los separa los orientales de ambos bandos, caen como espigas de trigos cegadas por una hoz de disparos. Así cae valientemente Valentín Galain, - “ ¡¡ no se quiebren carajo, que no pasen !!- alcanza a gritar; el fuego feroz continúa, cada cual se parapeta como puede, el tiempo pasa pero el enemigo no.-

Se confunden las voces. Los heridos se multiplican en las fuerzas del gobierno, Lamas intuye la victoria y planea el golpe de gracia. A falta de tiradores le sobran jinetes, a caballo como tantas veces los herederos de las viejas montoneras golpearan el flanco izquierdo del enemigo. La caballería de “La Poronguera” es la encargada de la acción.-

Entre esos hombres curtidos, herederos del bravo Timoteo, esta Lolo, el sable que lleva en la mano esta manchado en la empuñadura con la sangre de un compañero caído en la refriega desde las barrancas, se manchara ahora con sangre enemiga. No hay tiempo de mirar al costado, por ahí debe ir su hermano Brigido, como siempre a su lado. Un poco adelante ve a Juan Antonio, el hermano mayor blandiendo la corta lanza de su padre.

Cruzan el arroyo ante el fuego enemigo, desde la barranca la infantería revolucionaria realiza fuego de cobertura. Las balas silban por sobre la cabeza confundiéndose con las balas enemigas que buscan carne revolucionaria. El enemigo no retrocede, un soldado negro, grandote, valiente como pocos carga a pie contra Lolo y entierra la bayoneta en el pecho del alazán, el noble animal no se detiene, se para de manos y relincha, Lolo lo castiga en los cuartos a la vez que hunde las espuelas en los flancos, el negro cae arrollado por los cascos del animal. El valor no tiene ni tendrá divisas.

El General Villar ya perdió la sorpresa y el peso ofensivo de sus nuevas armas, ahora el combate es como en la patria vieja, de a caballo y sable en mano. Caen las tácticas napoleónicas con que los generales de escuela planifican la acción y se pasa a pelear en un feroz entrevero como en las patricias montoneras.

La caballería revolucionaria es una rara mezcla de gauchos vestidos a la usanza típica, otros llevan casaquillas, otros los que desertaron al ejército usan uniforme. Todos llevan la cinta blanca en el sombrero. Lo común es el arrojo, pelean por su causa, por sus muertos y por sus vivos. Un padre carga junto a su hijo y junto a su hermano, si uno de estos cae la carga no se detendrá, habrá tiempo después para llorar los muertos que honraron la divisa.-

Los doctores citadinos se inflaman con el ardor del gauchaje, en sus emociones mezclan la admiración y la envidia. La Poronguera mantiene la carga. Es una maza compacta que se lanza en la rivera occidental del arroyo Tres Árboles, un alférez moreno con divisa blanca en su frente blande el sable sobre la cabeza de un oficial que se para firme sin retroceder un paso, su oscuro escarceador, orgullo de toda la costa de Chamangá se abalanza y corta el aire con sus remos; por un momento los sables se confunden, nadie puede cuidarse la espalda. Lolo alcanza a ver como Juan Antonio se debate a pie, girando con su lanza frente a tres bayonetas, no lo duda, lanza el caballo derribando suyos y contrarios, cae el alanzan desangrado en el pecho, buen caballo, aguantador hasta el final, salta el jinete como un puma desesperado, el sable en la mano derecha, la daga en la izquierda, cae el enemigo sin saber de donde vino el acero. Se confunden los otros dos, pierde el fusil el primero al contacto de la lanza cuando se le hunde en el pecho, el restante no lo duda y escapa del entrevero.

Se quiebra el enemigo y se dispersa trepando una pequeña loma, el parque de municiones queda a merced de los revolucionarios. El General Villar no da crédito a sus ojos, a caballo intenta detener la dispersión, busca limpiar el honor arrojándose y arengando sus hombres contra las líneas revolucionarias, mas tarde escribirá a Idiarte Borda, el tirano, “busqué redimir mi honor muriendo en batalla” no encuentra la muerte.-

Pasan las dos de la tarde y el clarín del gobierno anuncia la retirada, desencajado el estado mayor gubernista ve como el parque cae en manos revolucionarias, son más de 500 fusiles máuser, 100.000 tiros y una carreta llena de uniformes.-

Pasado el combate solo queda el silencio quebrado por quejidos y lamentos, ahí esta Lolo junto a su hermano Juan Antonio, la camisa húmeda de sangre y sudor, los músculos aun tensos, leve temblor en las manos, el corazón escapando del pecho.-

La calma trae dolorosas revelaciones, el arroyo ha quedado cubierto de cuerpos que se agolpaban a ambas márgenes. Soldados del gobierno y soldados de la revolución se entremezclaban en forma morbosa, macabra y hasta si se quiere obscena.-

El general Lamas en persona aparece a caballo desde su puesto de comando, con el viene su estado mayor, algunos de los comandantes muestran en mayor medida el paso del combate. Los rostros exaltados celebran la victoria-

Lolo, de a pie, como un autómata recorre los despojos de la batalla, metros adelante, sobre la barranca esta Valentín Galain, la cara destrozada por los proyectiles, a su lado, increíblemente con el pecho cribado a balazos el buen Francisco Solano Álvarez, comandante de la Urbana de Flores mantiene empuñado aun el sable con el que había arengado a su heroica división.

Valentín, el primo Valentín, el de mas coraje entre los corajudos, el mas servicial, ahí está de ojos muy abiertos y nuca contra la barranca.-

Lolo se arrodilló y le bajó los parpados, los juveniles ojos se le llenaron de lágrimas al tener entre sus manos el primo muerto. Como si fuera un niño quiso cargarlo en brazos pero su hermano Juan Antonio se lo impidió –“Lolo, ahí viene Ramón. Y no me llore compañero que un hombre no llora”

Ramón Galain se apeó masticando el dolor por el hermano muerto, por un instante no pronunció palabra alguna hasta que el oficial templado se antepuso al hombre dolorido, hincho el pecho y mirando a todos dijo con voz roca:

- ¡¡ Párense firme señores y no se lamenten, que no hay más honor que morir por la patria!!

viernes, 25 de septiembre de 2009

Capitulo II.- EL RIO


CAPITULO II. EL RIO

Había galopeado todo el día con la partida golpeándole la espalda, tenía poco caballo y lo sabia. El cuerpo echado hacia delante, las piernas encogidas, sueltos los estribos que golpeaban el cuerpo del animal. Las riendas tomadas cortas, tocando muchas veces las orejas del noble animal que se estiraba con un sordo golpetear de cascos. La culata del trabuco, metida bajo los cojinillos le acariciaba el pecho.-

La tarde, vencida ya, mostraba la sangre derramada por el sol sobre cuando besaba la tierra. El continuaba con la mirada clavada en el horizonte, con tenacidad, como queriendo hacer aparecer como por arte de magia el verde oscuro del monte o quizás una partida o alguna columna amiga. –“Por ahí cerca deben de andar”.-

El ruano entrego una mano, y si no rodó fue por la habilidad del jinete que con mano férrea  lo levantó en el freno; intentó estribar casi al tanteo con la punta del pie.

Al coronar una cuchilla, vio un poco más allá una cañada de márgenes desnudas y agua cristalina. Se tiro del caballo más que se apeo, metiendo a lo animal  la cabeza en el agua. No bebió, primero se refregó la sangre que se le había pegado en la cara como costras a una herida. Una vez limpio, tomo con fruición sorbo a sorbo hasta saciarse, cuando levanto la cabeza del agua le saco el freno al bruto que se abalanzo sediento sumergiendo el hocico largo rato en el agua. Recién ahí, cuando bajaba el recado para refrescar el animal pensó detenidamente en la carnicería de la que había escapado.-

Hasta ese momento solo había escuchado por boca de su tío, en los fogones,  lo cruel de un entrevero, nunca había matado un hombre hasta ese día.   Nunca estuvo seguro desde que salio de su casa respecto a como reaccionaria una vez en batalla. Esa mañana lo comprobó, el asunto era matar o morir sin mas tiempo que pensar en salvar su vida y el se había salvado aunque sintiera aun el olor a ajo del sargento, o viera la cara de miedo del gringo cuando le bajo el sable. Así debería de ser la guerra y el estaba participando de una.-

No se sintió bien, extrañamente pensó en su casa, en su madre y sus hermanas. Por un momento deseo estar en casa, haciendo las tareas propias de su edad, las que no eran ni para sus hermanos mayores y tampoco para las mujeres de la casa. Pensó en los corrales con las lecheras, en la majada de consumo, en la leña, sus caballos. ¿Cómo estarían las mujeres? ¿Estarían a salvo de la barbarie que buscaba revancha con los más débiles?

Volvió a montar, retomando el galope apurado. Aun podía sentir los cascos de sus perseguidores. El ruano pareció un caballo nuevo luego de la refrescante parada, aunque para él, casi nacido sobre el caballo, sabia que faltaba muy poco para que claudicara nuevamente la mano.-

Comenzó a caer la noche, y esta se adivinaba oscura, sin luna y sin estrellas, como las anteriores.

Esperaba encontrar una picada sobre el Río Negro antes de llegar la noche cerrada y ella ya estaba ahí, al caer y el lugar no aparecía.-

-No debería estar muy lejos- se dijo mientras continuaba con el galope, al coronar una pequeña eminencia con una cerrillada de piedra hecho atrás su cuerpo deteniendo el ruano que alargo el cuello, lleno de fuego los ojos.

Un ojo poco avizor, no acostumbrado a la campaña oriental nada podía haber visto, pero Lolo había crecido tropeando ganado con su padre y sus tíos por esos parajes. Ágilmente se paró sobre el recado a la manera de los viejos matreros, a la derecha, se dibujaba la silueta del monte costero al Río Negro, inmenso, impenetrable, tupido y majestuoso. Por primera vez en el día Lolo sonrió, había encontrado el lugar-

Apuro nuevamente el galope del ruano hasta llegar a la orilla del monte, una vez llegado lo puso al trote lento mientras  se adentraba cada vez mas en la espesura escudriñando entre el espeso follaje la entrada a la picada.-

Ahí estaba, cubierta con unas ramas de molles había una entrada estrecha por la que apenas podía pasar un caballo sin jinete. Se apeo y condujo el equino por la senda, daga en mano tratando de cortar la maraña que impedía su paso.-

Mientras caminaba sentía el apagado ruido del monte sobre su cabeza. La noche ya estaba con el y a medida que cesaban los gorjeos y trinos de los pájaros menos se veía hacia delante. Miles de luces fosforescentes comenzaron a aparecer entre las ramas. Siguió avanzando, de a poco la senda se hizo más amplia y monto nuevamente, ahora ya de manera distendida.

De repente el ruido que lo había sorprendido en la mañana lo sobresalto, un martilleo de cascos de caballos que se detuvo junto al monte. Las voces de los jinetes se escuchaban nítidamente.-

-         Bueno Ruperto, dígame por donde es la picada - dijo un vozarrón que parecía acostumbrado a mandar.-
-         Se me hace mi Capitan que es por aquí, pero al oscuro no me doy cuenta- Respondió una voz aflautada
-         ¿Y entonces Teniente?
-         Yo diría que por aquí no debe de ser mi Capitán, muy tupido para ser una picada, yo diría que puede ser  pasando el pajonal donde también hay huellas .-
-         Entonces cubra cada centímetro del monte hasta las cinas-cinas de alla arriba, lleve un destacamento, pero no entre aunque descubra la picada, los demás vénganse conmigo hasta el pajonal. ¡Ramirez!
-         ¡Si mi capitán!
-         Asegúrense de saber que andaban haciendo estos sotretas deste lado del río, aprieten alguno de los prisioneros
-         No quedo ni uno vivo
-         Mala suerte carajo- silencio, solo el pifiar de los caballos -  Teniente ¿El viejo Larriera dijo algo antes de que lo fusilaran?
-         No mi capitán
-         Estamos jodidos entonces. Busquen la picada entonces, si la descubren me avisan pero no entren, hay que agarrar vivo a ese gurí  desgraciado.

Lolo sonrió sintiéndose a salvo, ya sentía el frescor y el murmullo del río, vadeandolo estaba su destino. El enemigo no sabia nada de la caballada. La misión no había fracasado – “Como en el truco” – pensó – “hasta la ultima carta hay seña”

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Capitulo.I EL DESPERTAR

La madrugada despertó tímidamente las gotas de la nocturna lluvia que habían quedado dormidas entre los pastos, más allá, lindando con la espesa cerrazón mañanera, los caballos escarceaban nerviosos presagiando el futuro.-

Uno a uno los hombres comenzaron a despertarse, los mas afortunados emponchados, empapados, duros de frío; los otros sin mas abrigo que sus toreras de merino, solo conseguían abrigarse durmiendo uno contra otros, al borde de la hipotermia evitada por algún taco de caña. Esa noche ni el fuego de los fogones. El enemigo estaba cerca, ellos sin armas y en inferioridad numérica. Había que evitar el combate y un fuego los habría delatado.-

Hacían apenas un par de días que la División Flores o “la Poronguera” al mando del Coronel Cayetano Gutiérrez y la Urbana de Trinidad al mando de don Francisco Solano Álvarez se habían unido al General Diego Lamas que con sus “22” iban rumbeando al encuentro del general Saravia. La campaña toda se alzaba en armas y se iba plegando al paso revolucionario.-

Antes de cruzar el Río Negro, limite natural que parte en dos grandes regiones al país, el Coronel Gutierrez había recibido la noticia, que semi ocultos en el monte, en un “potrero natural” que forman los ríos Negro y Yi había una caballada de importancia, propiedad de un paisano de apellido Larriera afín al causa. Dispuso entonces que la tarea de la captura y el pasaje al otro lado del río estuviese a cargo de una pequeña partida de hombres al mando de un viejo sargento baquiano de esa zona, no eran mas de veinte, todos pertenecían a la reserva sus ordenes eran claras, tratar de conseguir la caballada y hacerla cruzar el Río Negro por una picada anterior al “paso de Navarro” (seguramente custodiado por el ejercito) para integrarlos a la columna revolucionaria.-

Salvo el sargento ninguno pasaba los 18 años. Venían bastante mal montados, sus armas eran un cuadro de desolación. Solo algún cuchillo propio de las faenas rurales, un sable y poca cosa más.-

Aquellos días al finalizar el verano de 1897 habían sido una calamidad, verano lluvioso con madrugadas frías. Uno de los jóvenes, tal vez el mas joven, apenas salido de la adolescencia, flaco, alto, de rostro grande y anguloso se levanto aterido, casi sin poder contener las contracciones de los músculos que lo hacían temblar de manera asincrónica y grotesca, comenzó a ensillar.-

- Estas apurado mijo – dijo el sargento acomodándose la faja con la que aseguraba su

raído pantalón de merino.-

- A estos salvajes no hay que facilitarlos mi sargento, mas vale estar bien montado a que nos sorprendan durmiendo.-

- Tiene razón, a ver muéstreme otra vez el trabuco que me enseño ayer.

- Si mi sargento – Dijo el muchacho sacando un trabuco de doble caño montado que había asegurado bajo el cojinillo apretado por la cincha.-

- Buena pieza Lolo – así se llamaba el chiquilín- , de cerquita es capaz de partir en dos un cristiano, tenga cuidado de no engriparlo. ¿Cuántos tiros tiene?

- Uno solo mi sargento.-

- Eso es complicado, entonces apróntelo y manténgalo cargado con la boca para arriba y el fulminante puesto, estas pistolas de la guardia vieja son preferibles engripadas que cargadas en el entrevero.-

- Si señor - dijo Lolo y comenzó a cargar por la boca el viejo trabuco.

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De repente la cerrazón se abrió, desgarrándose al paso de un jinete de rostro desfigurado por el miedo.

- Nos descubrieron, carajo, son un montón y se nos vienen.-

- A caballo gran puta - grito el sargento - a caballo y vamos a ganar el monte si podemos. ¡¡¡ Siganme carajo !!!

En tanto montaban y se disponían a partir se escucho una cerrada descarga de fusil, el sargento fue desmontado por un proyectil que le dio en la cabeza, por aquí dos hombres sin siquiera llegar a montar cayeron entre las patas de los caballos. Más allá alguien trepó en ancas de un compañero ante la huida desesperada de su caballo.

Por dentro la cerrazón emergió ferozmente la caballería del ejército regular, armados de sables curvos aniquilaron a los rezagados que no pudieron montar rápidamente. Los demás comenzaron a caer bajo el graneado fuego gubernista.-

Lolo metió el trabuco bajo el cojinillo y de un salto monto su tordillo que asustado por las detonaciones y los gritos dilató sus narices olfateando miedo y se lanzo a toda carrera entrando en la cerrazón.

Las balas zumbaban, los dos que iban en ancados cayeron por un tiro de bolas que “pialo” las patas del animal. Aunque todos los soldados llevaban fusiles máuser recién comprados por el gobierno, para muchos de estos, criados en medio del campo, seguían siendo mas efectivos las tradicionales “tres marías” de cuero retobado, a lo indio.-

Lolo tuvo poca suerte, los tiradores que le apuntaron manejaban bien el fusil máuser.

El primer balazo le rozo la mano, sintió el leve siseó del proyectil, el ardor como un fuego en la mano derecha y claramente vio cuando se sacudió el cogote de su tordillo, una especie de globo por debajo de la crinera del animal; el segundo no lo tocó, pero lo vio impactar directamente casi en la oreja del caballo.

El animal bajo las manos y doblo las rodillas como pidiendo permiso para entrar al paraíso, “tanto tiempo juntos y hoy también, seguro nos vamos juntos”-penso el jinete. El miedo lo paralizo, tanto que no pudo, el un jinete de raza, sacar los pies de los estribos; cayo hacia delante golpeando con el hombro el piso mojado por la lluvia. El dolor fue como un hierro frío entrando hacia su columna.

“¿Será que hoy voy a prosear de vuelta con el tio Nepomuceno?” se le ocurrió pensar.

Nepomuceno había sido su mentor, su amigo, el que le hacia los cuentos de los fogones del General Timoteo, el que le regalo la golilla, tan blanca y pura como el agua que lo recibía en sus brazos y le mojaba la cara.

Se le fue el miedo, sintió el griterío y vio bajar de un salto a un milico de cara aindiada, grandote, con charreteras de sargento. Venia ya con la daga en la mano, el labio caído y el bigote hirsuto; la casaquilla abierta dejaba ver una camisa manchada de sangre. Lo vio venir, logro sacar el pie del estribo para esperarlo pero antes que se pudiera incorporar sintió el tirón cuando el enemigo lo agarro de los pelos para echarle la cabeza hacia atrás. Lo iban a degollar, como a su tío Nepomuceno, hoy era el día. Pero no, de esa manera no debía serlo, su tío murió atado, con el cepo en los gruesos hombros, y el no, su tío había peleado rebenque en mano, sin más armas que la verdad frente al comisario y sus secuaces. Había muerto nada más que por ser blanco, solamente por intentar votar con la golilla blanca.-

Sintió el aliento a ajo del enemigo y la risotada de su boca sin dientes – “Las botas son para mi, mi sargento” – escucho que gritaba un morocho, montado en pelo y en patas – “arrebate nomás compadre, yo me voy a quedar con la medallita de este guachito,¡¡ le sirvió de poco caray !”

La medallita en cuestión era una humilde medalla de bronce con una imagen de San José y otra de nuestra señora del Rosario, con lágrimas en los ojos se la había colgado, tan solo con un piolita su hermana mayor al verlo partir tan joven a una guerra. “Prometeme Lolo que nunca te la vas a sacar” le había dicho.

“No, este milico jeton no la va llevar de arriba”- se dijo y empujó el codo hacia atrás con toda la fuerza. Sintió como éste chocaba contra las costillas del aindiado, las escucho crujir perfectamente. El indio le largó los pelos buscando una bocanada de aire y eso le permitió tomar con su mano derecha la oreja izquierda del otro mientras con la izquierda intentaba apoderarse de la daga. – “Larga canejo, larga hijo de puta” grito el desdentado sargento.

Lolo logro afirmar su rodilla izquierda en la tierra e impulsarse con todas las fuerza que consiguiera, juntos rodaron un par de metros. El enemigo quedo encima de Lolo sin perder el cuchillo.

–“ Aijajajaja Sargento, ¿le doy una mano?” – grito el milico en patas.

– “Ni en joda compadre, a este guachito lo despeno en un santiamén” –respondió el indio mientras le acercaba la daga al pecho. Lolo aflojo un poco la presión sobre la mano que tenia la daga y el otro se confió en una victoria segura. No espero el cabezazo de Lolo sobre su nariz, la sangre broto cegándolo un poco, sintió entonces como los dientes del “guachito” según él se le hundían en la carne de su cuello.-

Lolo mordió con toda el miedo y la fuerza que pudo sacar de su cuerpo, sintió el sabor salado del sudor del indio, sintió desesperación cuando escucho el grito de – “Saquenlo de arriba que el gurí muerde como las mujeres” – Sintió como los dientes desgarraban la piel y el sabor dulzon de la sangre, mordió de nuevo como si fuese un perro, peor que un yaguareté. Mordió de nuevo, mordió por su vida, el cuello del indio se transformo en un manantial por donde brotaba la sangre, al principio un hilito, luego un borbotón que casi lo atraganta: la presión de la mano que sostenía la daga cedió, Lolo logro invertir la dirección del acero que se metió en el pecho del sorprendido sargento con cara de indio.

Se saco el cuerpo de arriba y a gatas llego hasta su caballo tendido en el suelo mientras sentía los cascos del caballo del morocho en patas que no se había perdido un segundo de tan desigual lucha.

Alcanzo a sacar el trabuco de caño montado de bajo la carona y amartillar los dos caños. No recordaba cual había sido el que había cargado, disparo justo cuando el sable del enemigo se blandía por sobre su cabeza; el disparo lo aturdió y el retroceso del trabuco casi le arranca el arma de la mano. El morocho recibió la descarga de pedazos de clavos y alambre justo en el abdomen, ésta lo desmonto y soltó el sable que cayo frente a Lolo.

No tuvo tiempo de agarrarlo, un gringo rubio de quepi ladeado se le vino encima empuñando un sable corto. El filo le mordió apenas el costado enredándosele en el poncho. El gringo quedo con la guardia abierta lo que permitió a Lolo que había tomando el trabuco por el caño blandirlo como un mazo golpeando al infeliz en el caballete de la nariz.-

No perdió tiempo y tomo el sable del suelo en la misma acción que montaba de un salto el ruano del que se había desmontado el infeliz sargento de rostro aindiado.

El gringo intento levantarse, Lolo nunca había usado un sable. Se imagino que era un hacha y tal cual en la casa paterna cuando ayudaba a su madre en las tareas lo descargo sobre el indefenso enemigo. La cabeza del enemigo se rajo con un ruido seco. Fue tan duro el golpe que el sable se le escapo de las manos, no miro atrás, sin soltar el trabuco descargado cual si fuera un amuleto apretó los talones contra los flancos del animal y se lanzo a la carrera.

Sintió los gritos del enemigo, un tiro de bolas picó muy cerca de las patas del animal, una de las piedras le chicoteo la bota, las balas silbaban sobre su cabeza; siguió sin mirar atrás, echado sobre el animal, el pecho saliéndosele por la boca, la cabeza a punto de estallar, la mirada fija delante, entre la cerrazón buscando el monte.-

Hoy no era el día.

martes, 22 de septiembre de 2009

Prologo

EL VIEJO LOLO

No era ni el mas decidido ni el mas temeroso de aquel grupo de muchachones aun sin bigotes, que fuera acorralado casi de a pie por la avanzada del ejercito gubernista; y fue apenas de puro sobreviviente que intento cercenar a dientes la yugular de un sargento de rostro aindiado que lo pretendía degollar una vez vencido en la refriega de aquella mañana a principio de 1897.-

De ahí en mas ya fue hombre, tanto para ir para adelante en un feroz matar o morir y así escapar de la carnicería, como para darse cuenta después, ya con mas años, que no tenia que enorgullecerse ni arrepentirse de nada, y que los recuerdos son solo eso, parte del pasado de un hombre que vivió su tiempo.-

Se llamaba Deolindo, y en las fotos familiares, de rostro serio y bigote importante aprendí a conocerlo como Lolo, el abuelo Lolo.-

Cuentan que el primero de esta estirpe, al menos en estos lugares, llego promediando el 1700 a lo que luego seria San Carlos de Maldonado. Lejos de su Villa de Pardiñas natal, allá en la lejana Salamanca y enemistado con el Alférez del Rey a cargo de tan vulnerable comitiva, decidió alejarse de la protección de los soldados de la corona, plantarse firme en medio del campo frente a la indiada y hacerle ver a los cuatreros portugueses que arreaban el ganado cimarrón y saqueaban lo que se pusiera frente a su paso, que su pellejo curtido a puro sol y frío era muy duro tanto para los dientes del yaguareté como para el filo del acero de Lisboa. Así planto las raíces al fecundo suelo, y tal cual el ganado cimarrón así recorrió la banda oriental por debajo del Río Negro.-

De ahí venia Lolo, de esa sangre, mezcla de sefardí y castellano, sangre de sobrevivientes a la inquisición, al desprecio de la torá y al hambre. Sangre acostumbrada a plantarse frente a las dificultades y sobrevivir.-

Se unió a la revolución de Aparicio con el mismo ardor con que lo habían hecho su hermano, su tío y su padre; escondió la angustia cuando su hermana le colgó al cuello apenas con un hilo la medalla con al imagen de San José, la que herido, vencido, muerto de hambre y escapando a una muerte segura después de Masoller, se apeo para buscarla entre el fango y los cascos de los caballos. Según contaría un amigo, veterano como el de la revolución de Aparicio, años más tarde, cuando mi padre apenas era un niño, el abuelo no pudo montar nuevamente y terciado sobre el caballo se alejo rumbo a su pago con las fuerzas el gobierno golpeándole los talones.-

Seis largos meses demoro en llegar a su querencia, seis largos meses marchando de noche y durmiendo de día, a salto de mata, escapando a la leva y a la venganza de un país tinto en sangre, seis largos meses y una vida después, sin sacarse su golilla, porque así era el abuelo, blanco, orgullosamente blanco.-

Y así de golilla blanca una tarde de marzo se apeo, después de algunos años, a pedir la mano de una joven. Ella se llamaba Maria y era una vasca hija y hermana de combatientes colorados. En su casa, aun se llevaba un crespón negro por el luto de algún hijo o hermano perdido en la guerra.

Dicen que de golilla blanca se murió y dicen también, que en su establecimiento nunca se le negó una paleta de capón a ningún paisano que llegara a buscar trabajo con la divisa equivocada.-

Los relatos que siguen me los contó mi padre y a este curiosamente no se los contó el abuelo, sino que los escucho aun sin salir de la adolescencia en una yerra cerca de Cerro Largo de boca de viejos compañeros de su padre.

El abuelo nunca habló de la guerra, es más, pocas cosas se conservan de su pasaje en dos revoluciones. Solamente los recuerdos de aquel niño orgulloso y sorprendido al ver el respeto con que el viejo paisanaje saludaba a “Don Lolo”, su padre, mi abuelo.

El viejo Lolo

Durazno, Durazno, Uruguay
" El viejo Lolo" Gonzalo Recuero