Sabado previo al balotage..



Este capitulo habla sobre el hospital de Cuchilla Seca en Brasil.

Hasta alli se llevaban los heridos nacionalistas.-

Espero les guste

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Capitulo.I EL DESPERTAR

La madrugada despertó tímidamente las gotas de la nocturna lluvia que habían quedado dormidas entre los pastos, más allá, lindando con la espesa cerrazón mañanera, los caballos escarceaban nerviosos presagiando el futuro.-

Uno a uno los hombres comenzaron a despertarse, los mas afortunados emponchados, empapados, duros de frío; los otros sin mas abrigo que sus toreras de merino, solo conseguían abrigarse durmiendo uno contra otros, al borde de la hipotermia evitada por algún taco de caña. Esa noche ni el fuego de los fogones. El enemigo estaba cerca, ellos sin armas y en inferioridad numérica. Había que evitar el combate y un fuego los habría delatado.-

Hacían apenas un par de días que la División Flores o “la Poronguera” al mando del Coronel Cayetano Gutiérrez y la Urbana de Trinidad al mando de don Francisco Solano Álvarez se habían unido al General Diego Lamas que con sus “22” iban rumbeando al encuentro del general Saravia. La campaña toda se alzaba en armas y se iba plegando al paso revolucionario.-

Antes de cruzar el Río Negro, limite natural que parte en dos grandes regiones al país, el Coronel Gutierrez había recibido la noticia, que semi ocultos en el monte, en un “potrero natural” que forman los ríos Negro y Yi había una caballada de importancia, propiedad de un paisano de apellido Larriera afín al causa. Dispuso entonces que la tarea de la captura y el pasaje al otro lado del río estuviese a cargo de una pequeña partida de hombres al mando de un viejo sargento baquiano de esa zona, no eran mas de veinte, todos pertenecían a la reserva sus ordenes eran claras, tratar de conseguir la caballada y hacerla cruzar el Río Negro por una picada anterior al “paso de Navarro” (seguramente custodiado por el ejercito) para integrarlos a la columna revolucionaria.-

Salvo el sargento ninguno pasaba los 18 años. Venían bastante mal montados, sus armas eran un cuadro de desolación. Solo algún cuchillo propio de las faenas rurales, un sable y poca cosa más.-

Aquellos días al finalizar el verano de 1897 habían sido una calamidad, verano lluvioso con madrugadas frías. Uno de los jóvenes, tal vez el mas joven, apenas salido de la adolescencia, flaco, alto, de rostro grande y anguloso se levanto aterido, casi sin poder contener las contracciones de los músculos que lo hacían temblar de manera asincrónica y grotesca, comenzó a ensillar.-

- Estas apurado mijo – dijo el sargento acomodándose la faja con la que aseguraba su

raído pantalón de merino.-

- A estos salvajes no hay que facilitarlos mi sargento, mas vale estar bien montado a que nos sorprendan durmiendo.-

- Tiene razón, a ver muéstreme otra vez el trabuco que me enseño ayer.

- Si mi sargento – Dijo el muchacho sacando un trabuco de doble caño montado que había asegurado bajo el cojinillo apretado por la cincha.-

- Buena pieza Lolo – así se llamaba el chiquilín- , de cerquita es capaz de partir en dos un cristiano, tenga cuidado de no engriparlo. ¿Cuántos tiros tiene?

- Uno solo mi sargento.-

- Eso es complicado, entonces apróntelo y manténgalo cargado con la boca para arriba y el fulminante puesto, estas pistolas de la guardia vieja son preferibles engripadas que cargadas en el entrevero.-

- Si señor - dijo Lolo y comenzó a cargar por la boca el viejo trabuco.

-

De repente la cerrazón se abrió, desgarrándose al paso de un jinete de rostro desfigurado por el miedo.

- Nos descubrieron, carajo, son un montón y se nos vienen.-

- A caballo gran puta - grito el sargento - a caballo y vamos a ganar el monte si podemos. ¡¡¡ Siganme carajo !!!

En tanto montaban y se disponían a partir se escucho una cerrada descarga de fusil, el sargento fue desmontado por un proyectil que le dio en la cabeza, por aquí dos hombres sin siquiera llegar a montar cayeron entre las patas de los caballos. Más allá alguien trepó en ancas de un compañero ante la huida desesperada de su caballo.

Por dentro la cerrazón emergió ferozmente la caballería del ejército regular, armados de sables curvos aniquilaron a los rezagados que no pudieron montar rápidamente. Los demás comenzaron a caer bajo el graneado fuego gubernista.-

Lolo metió el trabuco bajo el cojinillo y de un salto monto su tordillo que asustado por las detonaciones y los gritos dilató sus narices olfateando miedo y se lanzo a toda carrera entrando en la cerrazón.

Las balas zumbaban, los dos que iban en ancados cayeron por un tiro de bolas que “pialo” las patas del animal. Aunque todos los soldados llevaban fusiles máuser recién comprados por el gobierno, para muchos de estos, criados en medio del campo, seguían siendo mas efectivos las tradicionales “tres marías” de cuero retobado, a lo indio.-

Lolo tuvo poca suerte, los tiradores que le apuntaron manejaban bien el fusil máuser.

El primer balazo le rozo la mano, sintió el leve siseó del proyectil, el ardor como un fuego en la mano derecha y claramente vio cuando se sacudió el cogote de su tordillo, una especie de globo por debajo de la crinera del animal; el segundo no lo tocó, pero lo vio impactar directamente casi en la oreja del caballo.

El animal bajo las manos y doblo las rodillas como pidiendo permiso para entrar al paraíso, “tanto tiempo juntos y hoy también, seguro nos vamos juntos”-penso el jinete. El miedo lo paralizo, tanto que no pudo, el un jinete de raza, sacar los pies de los estribos; cayo hacia delante golpeando con el hombro el piso mojado por la lluvia. El dolor fue como un hierro frío entrando hacia su columna.

“¿Será que hoy voy a prosear de vuelta con el tio Nepomuceno?” se le ocurrió pensar.

Nepomuceno había sido su mentor, su amigo, el que le hacia los cuentos de los fogones del General Timoteo, el que le regalo la golilla, tan blanca y pura como el agua que lo recibía en sus brazos y le mojaba la cara.

Se le fue el miedo, sintió el griterío y vio bajar de un salto a un milico de cara aindiada, grandote, con charreteras de sargento. Venia ya con la daga en la mano, el labio caído y el bigote hirsuto; la casaquilla abierta dejaba ver una camisa manchada de sangre. Lo vio venir, logro sacar el pie del estribo para esperarlo pero antes que se pudiera incorporar sintió el tirón cuando el enemigo lo agarro de los pelos para echarle la cabeza hacia atrás. Lo iban a degollar, como a su tío Nepomuceno, hoy era el día. Pero no, de esa manera no debía serlo, su tío murió atado, con el cepo en los gruesos hombros, y el no, su tío había peleado rebenque en mano, sin más armas que la verdad frente al comisario y sus secuaces. Había muerto nada más que por ser blanco, solamente por intentar votar con la golilla blanca.-

Sintió el aliento a ajo del enemigo y la risotada de su boca sin dientes – “Las botas son para mi, mi sargento” – escucho que gritaba un morocho, montado en pelo y en patas – “arrebate nomás compadre, yo me voy a quedar con la medallita de este guachito,¡¡ le sirvió de poco caray !”

La medallita en cuestión era una humilde medalla de bronce con una imagen de San José y otra de nuestra señora del Rosario, con lágrimas en los ojos se la había colgado, tan solo con un piolita su hermana mayor al verlo partir tan joven a una guerra. “Prometeme Lolo que nunca te la vas a sacar” le había dicho.

“No, este milico jeton no la va llevar de arriba”- se dijo y empujó el codo hacia atrás con toda la fuerza. Sintió como éste chocaba contra las costillas del aindiado, las escucho crujir perfectamente. El indio le largó los pelos buscando una bocanada de aire y eso le permitió tomar con su mano derecha la oreja izquierda del otro mientras con la izquierda intentaba apoderarse de la daga. – “Larga canejo, larga hijo de puta” grito el desdentado sargento.

Lolo logro afirmar su rodilla izquierda en la tierra e impulsarse con todas las fuerza que consiguiera, juntos rodaron un par de metros. El enemigo quedo encima de Lolo sin perder el cuchillo.

–“ Aijajajaja Sargento, ¿le doy una mano?” – grito el milico en patas.

– “Ni en joda compadre, a este guachito lo despeno en un santiamén” –respondió el indio mientras le acercaba la daga al pecho. Lolo aflojo un poco la presión sobre la mano que tenia la daga y el otro se confió en una victoria segura. No espero el cabezazo de Lolo sobre su nariz, la sangre broto cegándolo un poco, sintió entonces como los dientes del “guachito” según él se le hundían en la carne de su cuello.-

Lolo mordió con toda el miedo y la fuerza que pudo sacar de su cuerpo, sintió el sabor salado del sudor del indio, sintió desesperación cuando escucho el grito de – “Saquenlo de arriba que el gurí muerde como las mujeres” – Sintió como los dientes desgarraban la piel y el sabor dulzon de la sangre, mordió de nuevo como si fuese un perro, peor que un yaguareté. Mordió de nuevo, mordió por su vida, el cuello del indio se transformo en un manantial por donde brotaba la sangre, al principio un hilito, luego un borbotón que casi lo atraganta: la presión de la mano que sostenía la daga cedió, Lolo logro invertir la dirección del acero que se metió en el pecho del sorprendido sargento con cara de indio.

Se saco el cuerpo de arriba y a gatas llego hasta su caballo tendido en el suelo mientras sentía los cascos del caballo del morocho en patas que no se había perdido un segundo de tan desigual lucha.

Alcanzo a sacar el trabuco de caño montado de bajo la carona y amartillar los dos caños. No recordaba cual había sido el que había cargado, disparo justo cuando el sable del enemigo se blandía por sobre su cabeza; el disparo lo aturdió y el retroceso del trabuco casi le arranca el arma de la mano. El morocho recibió la descarga de pedazos de clavos y alambre justo en el abdomen, ésta lo desmonto y soltó el sable que cayo frente a Lolo.

No tuvo tiempo de agarrarlo, un gringo rubio de quepi ladeado se le vino encima empuñando un sable corto. El filo le mordió apenas el costado enredándosele en el poncho. El gringo quedo con la guardia abierta lo que permitió a Lolo que había tomando el trabuco por el caño blandirlo como un mazo golpeando al infeliz en el caballete de la nariz.-

No perdió tiempo y tomo el sable del suelo en la misma acción que montaba de un salto el ruano del que se había desmontado el infeliz sargento de rostro aindiado.

El gringo intento levantarse, Lolo nunca había usado un sable. Se imagino que era un hacha y tal cual en la casa paterna cuando ayudaba a su madre en las tareas lo descargo sobre el indefenso enemigo. La cabeza del enemigo se rajo con un ruido seco. Fue tan duro el golpe que el sable se le escapo de las manos, no miro atrás, sin soltar el trabuco descargado cual si fuera un amuleto apretó los talones contra los flancos del animal y se lanzo a la carrera.

Sintió los gritos del enemigo, un tiro de bolas picó muy cerca de las patas del animal, una de las piedras le chicoteo la bota, las balas silbaban sobre su cabeza; siguió sin mirar atrás, echado sobre el animal, el pecho saliéndosele por la boca, la cabeza a punto de estallar, la mirada fija delante, entre la cerrazón buscando el monte.-

Hoy no era el día.

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Durazno, Durazno, Uruguay
" El viejo Lolo" Gonzalo Recuero