CAPITULO II. EL RIO
Había galopeado todo el día con la partida golpeándole la espalda, tenía poco caballo y lo sabia. El cuerpo echado hacia delante, las piernas encogidas, sueltos los estribos que golpeaban el cuerpo del animal. Las riendas tomadas cortas, tocando muchas veces las orejas del noble animal que se estiraba con un sordo golpetear de cascos. La culata del trabuco, metida bajo los cojinillos le acariciaba el pecho.-
La tarde, vencida ya, mostraba la sangre derramada por el sol sobre cuando besaba la tierra. El continuaba con la mirada clavada en el horizonte, con tenacidad, como queriendo hacer aparecer como por arte de magia el verde oscuro del monte o quizás una partida o alguna columna amiga. –“Por ahí cerca deben de andar”.-
El ruano entrego una mano, y si no rodó fue por la habilidad del jinete que con mano férrea lo levantó en el freno; intentó estribar casi al tanteo con la punta del pie.
Al coronar una cuchilla, vio un poco más allá una cañada de márgenes desnudas y agua cristalina. Se tiro del caballo más que se apeo, metiendo a lo animal la cabeza en el agua. No bebió, primero se refregó la sangre que se le había pegado en la cara como costras a una herida. Una vez limpio, tomo con fruición sorbo a sorbo hasta saciarse, cuando levanto la cabeza del agua le saco el freno al bruto que se abalanzo sediento sumergiendo el hocico largo rato en el agua. Recién ahí, cuando bajaba el recado para refrescar el animal pensó detenidamente en la carnicería de la que había escapado.-
Hasta ese momento solo había escuchado por boca de su tío, en los fogones, lo cruel de un entrevero, nunca había matado un hombre hasta ese día. Nunca estuvo seguro desde que salio de su casa respecto a como reaccionaria una vez en batalla. Esa mañana lo comprobó, el asunto era matar o morir sin mas tiempo que pensar en salvar su vida y el se había salvado aunque sintiera aun el olor a ajo del sargento, o viera la cara de miedo del gringo cuando le bajo el sable. Así debería de ser la guerra y el estaba participando de una.-
No se sintió bien, extrañamente pensó en su casa, en su madre y sus hermanas. Por un momento deseo estar en casa, haciendo las tareas propias de su edad, las que no eran ni para sus hermanos mayores y tampoco para las mujeres de la casa. Pensó en los corrales con las lecheras, en la majada de consumo, en la leña, sus caballos. ¿Cómo estarían las mujeres? ¿Estarían a salvo de la barbarie que buscaba revancha con los más débiles?
Volvió a montar, retomando el galope apurado. Aun podía sentir los cascos de sus perseguidores. El ruano pareció un caballo nuevo luego de la refrescante parada, aunque para él, casi nacido sobre el caballo, sabia que faltaba muy poco para que claudicara nuevamente la mano.-
Comenzó a caer la noche, y esta se adivinaba oscura, sin luna y sin estrellas, como las anteriores.
Esperaba encontrar una picada sobre el Río Negro antes de llegar la noche cerrada y ella ya estaba ahí, al caer y el lugar no aparecía.-
-No debería estar muy lejos- se dijo mientras continuaba con el galope, al coronar una pequeña eminencia con una cerrillada de piedra hecho atrás su cuerpo deteniendo el ruano que alargo el cuello, lleno de fuego los ojos.
Un ojo poco avizor, no acostumbrado a la campaña oriental nada podía haber visto, pero Lolo había crecido tropeando ganado con su padre y sus tíos por esos parajes. Ágilmente se paró sobre el recado a la manera de los viejos matreros, a la derecha, se dibujaba la silueta del monte costero al Río Negro, inmenso, impenetrable, tupido y majestuoso. Por primera vez en el día Lolo sonrió, había encontrado el lugar-
Apuro nuevamente el galope del ruano hasta llegar a la orilla del monte, una vez llegado lo puso al trote lento mientras se adentraba cada vez mas en la espesura escudriñando entre el espeso follaje la entrada a la picada.-
Ahí estaba, cubierta con unas ramas de molles había una entrada estrecha por la que apenas podía pasar un caballo sin jinete. Se apeo y condujo el equino por la senda, daga en mano tratando de cortar la maraña que impedía su paso.-
Mientras caminaba sentía el apagado ruido del monte sobre su cabeza. La noche ya estaba con el y a medida que cesaban los gorjeos y trinos de los pájaros menos se veía hacia delante. Miles de luces fosforescentes comenzaron a aparecer entre las ramas. Siguió avanzando, de a poco la senda se hizo más amplia y monto nuevamente, ahora ya de manera distendida.
De repente el ruido que lo había sorprendido en la mañana lo sobresalto, un martilleo de cascos de caballos que se detuvo junto al monte. Las voces de los jinetes se escuchaban nítidamente.-
- Bueno Ruperto, dígame por donde es la picada - dijo un vozarrón que parecía acostumbrado a mandar.-
- Se me hace mi Capitan que es por aquí, pero al oscuro no me doy cuenta- Respondió una voz aflautada
- ¿Y entonces Teniente?
- Yo diría que por aquí no debe de ser mi Capitán, muy tupido para ser una picada, yo diría que puede ser pasando el pajonal donde también hay huellas .-
- Entonces cubra cada centímetro del monte hasta las cinas-cinas de alla arriba, lleve un destacamento, pero no entre aunque descubra la picada, los demás vénganse conmigo hasta el pajonal. ¡Ramirez!
- ¡Si mi capitán!
- Asegúrense de saber que andaban haciendo estos sotretas deste lado del río, aprieten alguno de los prisioneros
- No quedo ni uno vivo
- Mala suerte carajo- silencio, solo el pifiar de los caballos - Teniente ¿El viejo Larriera dijo algo antes de que lo fusilaran?
- No mi capitán
- Estamos jodidos entonces. Busquen la picada entonces, si la descubren me avisan pero no entren, hay que agarrar vivo a ese gurí desgraciado.
Lolo sonrió sintiéndose a salvo, ya sentía el frescor y el murmullo del río, vadeandolo estaba su destino. El enemigo no sabia nada de la caballada. La misión no había fracasado – “Como en el truco” – pensó – “hasta la ultima carta hay seña”

Muy bueno Gonzalo. No te tenia escritor. Ramon
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